sábado, 28 de septiembre de 2013

Del análisis como remedio al pasmo

El pasmo -o sea, la sensación de no poder reaccionar a lo que tenemos delante- es una sensación casi inevitable cuando lo que se nos presenta es algo que se sale tanto de lo esperable, que rompe tanto con lo que pensábamos que eran las reglas con las que funciona el mundo, que no somos capaces ni de saber por dónde empezar a protestar. Pero es una de esas sensaciones completamente inútiles que solo sirven para que nos llevemos un disgusto.

Si empiezo a escribir este blog es precisamente para luchar contra el pasmo, porque ya lo he notado demasiadas veces al leer las noticias y he llegado a la conclusión de que algo hay que hacer.

Me explico. A mí me da que ahora tanta gente experimenta pasmo al leer las noticias por la coincidencia de dos factores. El primero es casi ontológico: estamos viviendo en un sistema en el que lo que nos cuentan no corresponde con la realidad de lo que sucede. Nos han dado unos valores teóricos que, mediante propaganda y la repetición machacona por diversos cauces, nos hace creer que la estructura de las cosas es de una manera, se ha hecho conforme a ciertos principios y obedece a la mejor manera de conseguir ciertos objetivos en los que todo el mundo está necesariamente de acuerdo: prosperidad, libertad, igualdad, excelencia, etc. La realidad, sin embargo, muestra mediante los hechos y las contradicciones del sistema que esos principios están muy bien para figurar en las cabeceras de los periódicos pero no se les pasan por la cabeza, ni de milagro, a los que tienen el poder de tomar decisiones, o al menos cuando se acuerdan de ellos influyen más bien poco en las acciones concretas, si acaso como adornos apuntados al margen cuando de casualidad coinciden; y si alguna vez alguien con poder de tomar decisiones los aplica, su número es más bien reducido y suele ser prontamente rectificado por su superior o su sucesor a las primeras de cambio. Nos cuentan que los periodistas informan, que el parlamento controla la labor del gobierno, que los partidos políticos son foros de discusión de ideas o que la economía se basa en las elecciones racionales de la gente, por ejemplo, pero los hechos van por otro camino. Claro, si tratamos de entender los hechos conforme a esos principios lo único que nos puede venir es el pasmo, porque sería como tratar de entender el ADN mediante las reglas de la petanca: si alguna vez coinciden, es en la superficie y por casualidad, pero son dos mundos distintos.

El segundo factor es circunstancial: hay una crisis de las que entran pocas en kilo y la falta de recursos y de oportunidades hace que nos demos cuenta de las contradicciones del sistema más a menudo, porque no hay medios para tapar los problemas y además los hechos son tozudos y se combinan mal con las justificaciones teóricas que nos habían vendido. No todo en la crisis tiene que ser malo: al menos estamos teniendo la oportunidad de ver las cosas como son y darnos cuenta de cómo está formado el sistema. Y como le dicen a los adictos, reconocer cómo son las cosas es el primer paso para solucionarlas.

Pero ahí es cuando hay que evitar el pasmo, y precisamente por todo esto. Cada vez que notemos que el pasmo se nos atenaza a los parietales, tendríamos que sacudirlo, tirarlo al suelo y hacerle la autopsia a esa sensación: entender dónde está la disonancia que nos deja sin recursos y hacerle la radiografía para ver dónde está esa divergencia entre lo que nos habían dicho y lo que pasa realmente. Esto no se me ocurre a mí. Ya lo han dicho mucho mejor que yo otras personas, como Carlos Piera en un artículo donde señala que el problema está en los sobreentendidos: que aunque el discurso explícito cante las loas de unos valores, la gente que está en el sistema sabe sin que se lo tengan que decir (y claro, sin decirlo) que los valores reales que uno tiene que seguir son otros. Pues bien: para matar al pasmo, el camino necesario es pintar de cuerpo entero los sobreentendidos, como si tiráramos pintura al aire para que el hombre invisible deje de serlo; entenderlo, analizarlo, contárselo a otros. Y ya que me pagan por hacer cosas como estas, lo suyo es que aproveche la feliz circunstancia para analizar en vez de paralizarme de estupor. Y a esto es a lo que voy a dedicar este blog.


No hay comentarios:

Publicar un comentario