Podemos empezar con un caso reciente, de estos que bastan para truncar la vocación de cualquier profesor de primaria: el señor Ministro de Industria haciendo notar a todo el que quisiera escucharle un minuto que -por citar a Oscar Wilde- la ignorancia es como una delicada flor exótica: si la tocas, pierde su encanto.
Recuerdo lo de Wilde porque la gracia de esto no radica -creo yo- en la ignorancia en sí. Una cosa es no saber dónde está el meridiano de Greenwich, que aunque sea contenido de primaria, a uno a veces se le olvidan las cosas que no refresca; otra distinta es ya ser ministro responsable de turismo y no sentir la necesidad de refrescar esto de la geografía básica, porque me imagino que mirar el mapa de España, aunque sea de vez en cuando y de refilón, debe de resultar útil cuando uno se sienta a decidir dónde se pone un aeropuerto o de dónde se quitan unos paradores; otra aún más distinta -y sí, vamos in crescendo- es ser natural de Las Palmas, haber vivido toda la santa vida por allí y no saber si por la casa de tu primo pasa el Trópico de Cáncer, la Tierra Media, el Triángulo de las Bermudas, el Mar de la Tranquilidad o el río Éufrates; pero lo que ya es de traca es mirarse los dos primeros párrafos de la página de Wikipedia para darse un aura de estadista-intelectual con la repetición irrelevante de unos datitos triviales y no comprobar lo esencial -dónde está el meridiano de las narices- antes de llamar cazurro a un rival político, que no es que yo tenga necesariamente mejor opinión del otro, pero por lo menos sí se ha molestado en consultar un mapa alguna vez en su vida. Pues eso, que la ignorancia pura, destilada durante años de no haberse sentado a leer, puede resultar hasta enternecedora, e incluso meritoria si para ello uno ha tenido que hacer el esfuerzo de olvidarse de todo lo que le han enseñado y de permanecer ajeno a información que se puede asimilar sencillamente poniendo la tele; pero la que viene con un barniz rapidito que te aplicas en el asiento trasero del coche oficial, de camino a la reunión, huele demasiado a lo que es: desodorante sobre una axila sucia.
Por hablar un poco de lo mío, que es analizar lo que se dice: a la maravilla del episodio contribuye, como en algunas de las mejores piezas cómicas de la historia, que el gag contiene un desarrollo in crescendo que desemboca en un clímax épico. El Ministro comienza declarando enfáticamente que el Meridiano de Greenwich pasa por las Canarias, pero, no contento con esto, hacia el final ya mete este dato como parte de la presuposición del enunciado. Esto sucede cuando dice eso de que el Meridiano va a seguir pasando por Canarias y que no se ha adoptado en el congreso medida alguna sobre que el Meridiano deje de pasar por Canarias. Estas oraciones contienen hermosísimas presuposiciones de carrillos colorados como angelitos de Murillo.
Una presuposición es algo que a uno le obligan a dar por hecho, sin posibilidad de discusión, para poder interpretar un enunciado. Si a uno le preguntan si todavía le pega a su mujer (ídem con si le sigue pegando a su mujer o si ha dejado de pegarle a su mujer), cualquier respuesta que dé equivale a reconocer tácitamente que al menos antes solía zurrarle a la parienta, porque ese enunciado lleva escondida una presuposición ('en el pasado le pegabas a tu mujer') que no está sometida a negociación, no puede ser negada ni afirmada, ni matizada, ni cuestionada, etc. Igual, si a un ministro cualquiera (este) le preguntamos si alguna vez le han confundido con un ser humano, la presuposición será que no es un ser humano, responda lo que responda, se ponga como se ponga y por mucho que proteste, llore y patalee. Pues eso: nos pongamos como nos pongamos, el Meridiano de Greenwich pa-sa-por-ca-NA-RIAS. Y punto.
Pero junto a la hilaridad también nos entra el pasmo. Y esto me lleva a analizar de dónde me viene el alucine en este caso, y creo que viene de dos discordancias:
a) Primero, la propaganda que nos dice que si existen partidos políticos, es porque son el seno de las propuestas de ideas. De aquí se sigue que una discusión entre políticos de distintos partidos debe ser un debate de ideas. Como no se puede debatir ideas sin tener idea, el vídeo de marras nos flipa. ¿Cómo se puede salir en la tele hablando de algo sin haber comprobado algunos datos básicos? Pero es que el vídeo nos está indicando algo muy básico sobre los partidos políticos de esta época en España: funcionan como clubs de hinchas de equipo de fútbol -aunque quizá un poco peor-. Yo me meto contigo porque estás en otro partido y da igual lo que diga, porque lo importante es que le enseñe a mis hinchas que me enfado contigo y que no te ajunto, hala. Los 'debates' entre políticos en estos hermosos tiempos que vivimos se parece mucho a la berrea del venado, solo que con menos estructura. Ni hay argumentos, ni datos, ni razonamientos, ni falta que hace, que estas cosas se hacen para los incondicionales.
b) Segundo, la propaganda esta, tan natural en los Zipi y Zape, de que para llegar a ministro hace falta estudiar mucho. Ya que los ministros son cargos importantes, que deciden muchas cosas, y dado que a estas cosas se llega por méritos, es obvio que para cargos así el sistema filtra a los mejores. ¿A que sí? Por eso nos choca que un ministro no sepa contenidos cuya ignorancia te hace acreedor de un cero, como hubiera dicho Don Minervo. Pues no. Desde hace tiempo es más y más obvio que el que llega a ministro es alguien de confianza del partido y del presidente -según los casos, más una cosa que la otra-. Esencialmente, un coleguilla del que no espera que le meta una puñalada trapera en los riñones o, peor aún, al que uno le debe favores demasiado gordos para dejar sin sillón, o que controla a parte del partido y si no le damos algo igual se nos enfada y nos la monta en el próximo congreso nacional. En dos patadas: no son los méritos, es que seas de la familia, algo que estaría muy bien en el Paleolítico como forma de organizarse, pero que tiene sus inconvenientes potenciales, como se nos recuerda aquí, aquí y aquí.
Sin embargo, algo me queda de asombro: que no se oigan risas por el fondo.
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