domingo, 1 de diciembre de 2013

Lo de Canal 9 o sobre el soborno como forma contractual

Esto de cerrar Canal 9 es algo curioso. Está bastante claro por qué Fabra cierra Canal 9, cuáles son los antecedentes y, sobre todo, cuáles las consecuencias: es la vieja historia de que vas a trabajar por el dinero que yo te diga y cuidado con quejarte siquiera porque como alguien te haga caso y a mí deje de convenirme este negocio tenemos que haceros lo mismo que a los de Canal 9. De esto no vamos a comentar nada, porque está meridianamente claro y no sorprende a nadie. El que se sorprenda, que le eche un ojo a este libro, de cuando Thatcher empezaba a dar ejemplo Thatcher empezó a aplicar en Europa el ejemplo que habían dado Pinochet y sus simpáticos Chicago Boys.

No, lo que me sorprende de esta historia es el papelón de los periodistas que se quedaron contratados después del ERE famoso. Vayamos por partes.

Parece ser que en ese famoso ERE se aplicó la regla que, generalmente, se aplica en una empresa privada: se queda quien mejores servicios haya hecho al jefe, y en este caso el jefe resulta ser el gobierno, que resulta ser de un partido político que no deja de gobernar desde 1995, que yo no sé si se acuerdan, pero eran otros años. Dicho de otro modo, que se quedaron los que estaban dispuestos a hacer propaganda al gobierno. Aquí hay un ejemplo.

Si alguien tiene dudas de que eso estaba pasando realmente, dos cosas: una, que Dios bendiga su alma y mantenga esa pureza; dos, que le eche un ojo a este vídeo, del mismo día que imputaron a Camps.

 Y bueno, también está muy claro lo del accidente de metro de 2006: aquí hay un vídeo sobre cómo actuó Canal 9 con este temita.

Bueno, pues ahora vamos a los mismos periodistas cuando les comunican que, serviciales con el jefe o no, se van a la calle porque cierran el canal.

Es decir, a ver si lo entiendo.

a) Los periodistas no dieron la noticia -ni esta ni otras- como se debía.
b) Sabían que había que darla, y cómo había que darla.
c) No lo hicieron porque no les dejaron desde los despachos.
d) Ahora desde los despachos se dice que cierran la cadena.
e) Por lo tanto, ahora es cuando se da la noticia.

Vamos a analizar esto paso a paso. El punto (a) es lamentable, pero cada vez se ve más que los periodistas no tratan de investigar y contar lo que realmente pasa, sino que se dedican a dar noticias-propaganda, unas oficiales y otras privadas, pero todas iguales y todas predecibles (con escasas pero dignísimas excepciones, uno ya sabe lo que va a decir el telediario antes de verlo aplicando una función del canal en que está y los temas de los que se va a hablar). El punto (b), al menos, muestra que pese a no funcionar mínimamente bien como periodistas la cabeza al menos sí les funcionaba en tanto que homo sapiens sapiens.

En el punto (c) es cuando la cosa empieza a ponerse fea: ¿qué quiere decir que no les dejaron desde los despachos? Obviamente, que alguien relacionado con el gobierno autonómico hizo una llamada de teléfono y explicó lo que había que decir. Y ahora viene la pregunta: ¿por qué se obedece? Pues probablemente porque si no se hace, a uno le ponen de patitas en la calle, dirán. Porque si tú das guerra, hay cien personas ahí fuera que harían tu trabajo.

Ya, ya, difícil situación, pero es que esto es más peligroso de lo que parece (no que el del despacho lo haga, que eso ya sabemos que es un crimen, sino que el otro diga que sí), porque ahí se está siguiendo este viejo esquema conocido de otros casos:

1. Yo sé que debo hacer esto; 2. Tú me dices que no lo haga, y me pagas por ello; 3. Yo decido hacer lo que tú me pides a cambio de ese dinero.

Pónganle jueces, urdangarines, militares o lo que quieran y verán que ontológicamente la cosa no es distinta. Esto es soborno.

Pero la cosa empeora, mostrando todo el arco de esta relación contractual específica. El punto (d), que se cierra la cadena, es el que produce un cambio significativo en el contrato. ¿Por qué influye este hecho tanto? El gobierno sigue siendo el mismo, los despachos también, y es dudoso que de golpe la gente de los despachos haya dejado de llamar o haya decidido llamar de otra forma. No, lo que cambia en el punto (d) es que ya no hay dinero a cambio de hacer lo que no se debe.

1. Yo sé que debo hacer esto; 2. Tú me dices que no lo haga, y me pagas por ello; 3. Yo decido hacer lo que tú me pides a cambio de ese dinero; 4. Tú dejas de pagarme ese dinero...

Venga, ¿cuál es la 5? ¿"5. De golpe tengo una epifanía y observo que debo cambiar mi forma de proceder" o "5. Ya no hay soborno y por tanto voy a vengarme"? Pues eso, en efecto, el punto e. Ahora hago lo que tenía que haber hecho desde el principio, pa que aprendan.

Esto nos muestra hasta qué punto la estructura del soborno ha calado en la mentalidad colectiva. Ya, no se llama 'soborno', porque queda feo, pero es exactamente eso: uno hace cosas que sabe que están mal porque le pagan por ello. Y, crucialmente, cuando dejan de pagarle por ello, cuenta lo que ha pasado (y más) para vengarse del pagador.

La alternativa, claro, hubiera sido que los periodistas hicieran de periodistas y efectivamente cuando sonara el teléfono de los despachos lo contestara el del bar indicándole al jefe de prensa o quien sea dónde introducirse el auricular. Eso no pasa porque la mentalidad es que, bueno, es normal que a uno le paguen por hacer ciertas cosas, y que si uno obedece le ascenderán, blablabla. Si el primer día que alguien llama desde el despacho, abren las noticias con el tema de que D. Menganito de Tal ha intentado sobornar a los periodistas de la casa para que ocultaran la siguiente notica, tardará en suceder que a un segundo jefe de prensa se le pase por la cabeza hacer lo mismo. Y si sucediera, entonces se repite el mismo procedimiento y a ver cuántos jefes de prensa abren el telediario. Si esto fuera la norma (más que la excepción), otro gallo cantaría.

Por cierto, que esto de no hacer de periodista (sino de 'comunicador', que es un eufemismo para esto, y me refiero al señor con bigote, no al otro) no es Canal 9 solamente. Por lo visto pasa en muchos otros sitios:













sábado, 28 de septiembre de 2013

De lo que Greenwich nos dice sobre la metafísica de ser ministro

Podemos empezar con un caso reciente, de estos que bastan para truncar la vocación de cualquier profesor de primaria: el señor Ministro de Industria haciendo notar a todo el que quisiera escucharle un minuto que -por citar a Oscar Wilde- la ignorancia es como una delicada flor exótica: si la tocas, pierde su encanto.



Recuerdo lo de Wilde porque la gracia de esto no radica -creo yo- en la ignorancia en sí. Una cosa es no saber dónde está el meridiano de Greenwich, que aunque sea contenido de primaria, a uno a veces se le olvidan las cosas que no refresca; otra distinta es ya ser ministro responsable de turismo y no sentir la necesidad de refrescar esto de la geografía básica, porque me imagino que mirar el mapa de España, aunque sea de vez en cuando y de refilón, debe de resultar útil cuando uno se sienta a decidir dónde se pone un aeropuerto o de dónde se quitan unos paradores; otra aún más distinta -y sí, vamos in crescendo- es ser natural de Las Palmas, haber vivido toda la santa vida por allí y no saber si por la casa de tu primo pasa el Trópico de Cáncer, la Tierra Media, el Triángulo de las Bermudas, el Mar de la Tranquilidad o el río Éufrates; pero lo que ya es de traca es mirarse los dos primeros párrafos de la página de Wikipedia para darse un aura de estadista-intelectual con la repetición irrelevante de unos datitos triviales y no comprobar lo esencial -dónde está el meridiano de las narices- antes de llamar cazurro a un rival político, que no es que yo tenga necesariamente mejor opinión del otro, pero por lo menos sí se ha molestado en consultar un mapa alguna vez en su vida. Pues eso, que la ignorancia pura, destilada durante años de no haberse sentado a leer, puede resultar hasta enternecedora, e incluso meritoria si para ello uno ha tenido que hacer el esfuerzo de olvidarse de todo lo que le han enseñado y de permanecer ajeno a información que se puede asimilar sencillamente poniendo la tele; pero la que viene con un barniz rapidito que te aplicas en el asiento trasero del coche oficial, de camino a la reunión, huele demasiado a lo que es: desodorante sobre una axila sucia.  

Por hablar un poco de lo mío, que es analizar lo que se dice: a la maravilla del episodio contribuye, como en algunas de las mejores piezas cómicas de la historia, que el gag contiene un desarrollo in crescendo que desemboca en un clímax épico. El Ministro comienza declarando enfáticamente que el Meridiano de Greenwich pasa por las Canarias, pero, no contento con esto, hacia el final ya mete este dato como parte de la presuposición del enunciado. Esto sucede cuando dice eso de que el Meridiano va a seguir pasando por Canarias y que no se ha adoptado en el congreso medida alguna sobre que el Meridiano deje de pasar por Canarias. Estas oraciones contienen hermosísimas presuposiciones de carrillos colorados como angelitos de Murillo.

Una presuposición es algo que a uno le obligan a dar por hecho, sin posibilidad de discusión, para poder interpretar un enunciado. Si a uno le preguntan si todavía le pega a su mujer (ídem con si le sigue pegando a su mujer o si ha dejado de pegarle a su mujer), cualquier respuesta que dé equivale a reconocer tácitamente que al menos antes solía zurrarle a la parienta, porque ese enunciado lleva escondida una presuposición ('en el pasado le pegabas a tu mujer') que no está sometida a negociación, no puede ser negada ni afirmada, ni matizada, ni cuestionada, etc. Igual, si a un ministro cualquiera (este) le preguntamos si alguna vez le han confundido con un ser humano, la presuposición será que no es un ser humano, responda lo que responda, se ponga como se ponga y por mucho que proteste, llore y patalee. Pues eso: nos pongamos como nos pongamos, el Meridiano de Greenwich pa-sa-por-ca-NA-RIAS. Y punto.

Pero junto a la hilaridad también nos entra el pasmo. Y esto me lleva a analizar de dónde me viene el alucine en este caso, y creo que viene de dos discordancias:

a) Primero, la propaganda que nos dice que si existen partidos políticos, es porque son el seno de las propuestas de ideas. De aquí se sigue que una discusión entre políticos de distintos partidos debe ser un debate de ideas. Como no se puede debatir ideas sin tener idea, el vídeo de marras nos flipa. ¿Cómo se puede salir en la tele hablando de algo sin haber comprobado algunos datos básicos? Pero es que el vídeo nos está indicando algo muy básico sobre los partidos políticos de esta época en España: funcionan como clubs de hinchas de equipo de fútbol -aunque quizá un poco peor-. Yo me meto contigo porque estás en otro partido y da igual lo que diga, porque lo importante es que le enseñe a mis hinchas que me enfado contigo y que no te ajunto, hala. Los 'debates' entre políticos en estos hermosos tiempos que vivimos se parece mucho a la berrea del venado, solo que con menos estructura. Ni hay argumentos, ni datos, ni razonamientos, ni falta que hace, que estas cosas se hacen para los incondicionales.

b) Segundo, la propaganda esta, tan natural en los Zipi y Zape, de que para llegar a ministro hace falta estudiar mucho. Ya que los ministros son cargos importantes, que deciden muchas cosas, y dado que a estas cosas se llega por méritos, es obvio que para cargos así el sistema filtra a los mejores. ¿A que sí? Por eso nos choca que un ministro no sepa contenidos cuya ignorancia te hace acreedor de un cero, como hubiera dicho Don Minervo. Pues no. Desde hace tiempo es más y más obvio que el que llega a ministro es alguien de confianza del partido y del presidente -según los casos, más una cosa que la otra-. Esencialmente, un coleguilla del que no espera que le meta una puñalada trapera en los riñones o, peor aún, al que uno le debe favores demasiado gordos para dejar sin sillón, o que controla a parte del partido y si no le damos algo igual se nos enfada y nos la monta en el próximo congreso nacional. En dos patadas: no son los méritos, es que seas de la familia, algo que estaría muy bien en el Paleolítico como forma de organizarse, pero que tiene sus inconvenientes potenciales, como se nos recuerda aquí, aquí y aquí.

Sin embargo, algo me queda de asombro: que no se oigan risas por el fondo.  

Del análisis como remedio al pasmo

El pasmo -o sea, la sensación de no poder reaccionar a lo que tenemos delante- es una sensación casi inevitable cuando lo que se nos presenta es algo que se sale tanto de lo esperable, que rompe tanto con lo que pensábamos que eran las reglas con las que funciona el mundo, que no somos capaces ni de saber por dónde empezar a protestar. Pero es una de esas sensaciones completamente inútiles que solo sirven para que nos llevemos un disgusto.

Si empiezo a escribir este blog es precisamente para luchar contra el pasmo, porque ya lo he notado demasiadas veces al leer las noticias y he llegado a la conclusión de que algo hay que hacer.

Me explico. A mí me da que ahora tanta gente experimenta pasmo al leer las noticias por la coincidencia de dos factores. El primero es casi ontológico: estamos viviendo en un sistema en el que lo que nos cuentan no corresponde con la realidad de lo que sucede. Nos han dado unos valores teóricos que, mediante propaganda y la repetición machacona por diversos cauces, nos hace creer que la estructura de las cosas es de una manera, se ha hecho conforme a ciertos principios y obedece a la mejor manera de conseguir ciertos objetivos en los que todo el mundo está necesariamente de acuerdo: prosperidad, libertad, igualdad, excelencia, etc. La realidad, sin embargo, muestra mediante los hechos y las contradicciones del sistema que esos principios están muy bien para figurar en las cabeceras de los periódicos pero no se les pasan por la cabeza, ni de milagro, a los que tienen el poder de tomar decisiones, o al menos cuando se acuerdan de ellos influyen más bien poco en las acciones concretas, si acaso como adornos apuntados al margen cuando de casualidad coinciden; y si alguna vez alguien con poder de tomar decisiones los aplica, su número es más bien reducido y suele ser prontamente rectificado por su superior o su sucesor a las primeras de cambio. Nos cuentan que los periodistas informan, que el parlamento controla la labor del gobierno, que los partidos políticos son foros de discusión de ideas o que la economía se basa en las elecciones racionales de la gente, por ejemplo, pero los hechos van por otro camino. Claro, si tratamos de entender los hechos conforme a esos principios lo único que nos puede venir es el pasmo, porque sería como tratar de entender el ADN mediante las reglas de la petanca: si alguna vez coinciden, es en la superficie y por casualidad, pero son dos mundos distintos.

El segundo factor es circunstancial: hay una crisis de las que entran pocas en kilo y la falta de recursos y de oportunidades hace que nos demos cuenta de las contradicciones del sistema más a menudo, porque no hay medios para tapar los problemas y además los hechos son tozudos y se combinan mal con las justificaciones teóricas que nos habían vendido. No todo en la crisis tiene que ser malo: al menos estamos teniendo la oportunidad de ver las cosas como son y darnos cuenta de cómo está formado el sistema. Y como le dicen a los adictos, reconocer cómo son las cosas es el primer paso para solucionarlas.

Pero ahí es cuando hay que evitar el pasmo, y precisamente por todo esto. Cada vez que notemos que el pasmo se nos atenaza a los parietales, tendríamos que sacudirlo, tirarlo al suelo y hacerle la autopsia a esa sensación: entender dónde está la disonancia que nos deja sin recursos y hacerle la radiografía para ver dónde está esa divergencia entre lo que nos habían dicho y lo que pasa realmente. Esto no se me ocurre a mí. Ya lo han dicho mucho mejor que yo otras personas, como Carlos Piera en un artículo donde señala que el problema está en los sobreentendidos: que aunque el discurso explícito cante las loas de unos valores, la gente que está en el sistema sabe sin que se lo tengan que decir (y claro, sin decirlo) que los valores reales que uno tiene que seguir son otros. Pues bien: para matar al pasmo, el camino necesario es pintar de cuerpo entero los sobreentendidos, como si tiráramos pintura al aire para que el hombre invisible deje de serlo; entenderlo, analizarlo, contárselo a otros. Y ya que me pagan por hacer cosas como estas, lo suyo es que aproveche la feliz circunstancia para analizar en vez de paralizarme de estupor. Y a esto es a lo que voy a dedicar este blog.